Masaccio: Adán y Eva expulsados del Paraíso.

sábado, 23 de julio de 2016

HORA DE AVENTURAS






Indianápolis, Indiana. 26 de Octubre de 1965.


John, de trece años, observa como su amigo Greg, el menor de los hermanos Baker, surge de uno de los extremos de la enorme y oxidada tubería que han encontrado tirada en mitad del campo. «Y así es como entraba en el castillo, detrás de los guardias, y luego ¡zas! ¡zas!» Greg da golpes al aire con su palo. John deja de mirarle y dirige su vista hacia el cielo. Ve un par de gorriones pasando velozmente de un árbol a otro. Baja la cabeza y escupe, se levanta y da un par de golpes en el suelo con su palo. «Oye Greg, esto es un rollo, vámonos ya de aquí.» «Vale.» Greg da una patada a la tubería y camina hasta donde está John, luego ambos continúan la marcha. Atraviesan el riachuelo y pasan por detrás de la granja de los Vonnegut hasta llegar a la carretera de tierra, allí un pequeño montículo llama su atención y deciden acercarse para inspeccionarlo más de cerca.
«¡Oh vaya, mira eso!» exclama John.
Greg observa con la boca ligeramente abierta. A sus pies se extiende el cadáver de un perro arrollado. El cuerpo, partido en dos, se extiende a lo largo de varios metros. Ambos observan la mitad superior, más cercana a su posición. Tras unos segundos John camina siguiendo el rastro de las vísceras hasta la mitad inferior del cuerpo. Greg continúa observando la mitad superior fascinado por la mueca de terror que aún se observa en el cráneo del animal. John vuelve a la carrera y se sitúa de nuevo junto a Greg.
«Está destrozado, ¿eh?», le dice. «Sí», contesta Greg.
John acerca su palo y lo introduce por el ojo del cadáver haciéndolo reventar. Al retirar el palo la punta está cubierta de un líquido marrón.
«¡Qué asco!» dice Greg.
«Ya», contesta John dando un par de golpes con el palo a la cabeza del perro. Luego da un par de pasos y vuelve a introducir el palo, esta vez por la parte segada, revolviendo entre las vísceras. Intenta enrollar en el palo lo que parece parte de un intestino. Finalmente lo consigue y levanta el palo con la víscera enrollada. Se aproxima con ello a Greg y se lo pone frente a la cara, este da un gran salto hacia atrás.
«¡Quítame eso de la cara!»
«¿Qué pasa, no te gusta?» John vuelve a aproximarse, Greg se aleja.
«¡Qué asco! ¡No me acerques eso!»
«¡Jajajaja! ¿no tienes hambre Greg?»
«Te lo digo en serio.»
«Jajajaja. Vale. Tranquilo.»
Ambos continúan observando el cadáver durante un rato. Greg también le da un par de golpes con su palo. De repente John levanta su palo, el que tiene la víscera enrollada, y dice: «Oye, ¿y si le damos esto a Sylvia?» «¿A Sylvia? ¿Para qué?» contesta Greg. «Para ver si se lo come.» «¿Tú crees que se lo comerá?» «No sé, siempre dice que tiene hambre.» «Bueno, vamos.» John y Greg se ponen en camino, esta vez caminan más aprisa que antes.
No se habían alejado demasiado y en algo menos de quince minutos divisan la casa de John a lo lejos dibujándose junto a los árboles. Se dirigen directamente a la parte de atrás, abren la verja y atraviesan el jardín hasta llegar a la puerta del sótano. Abren la puerta y descienden por las escaleras. Aún llega bastante luz del exterior así que no consideran necesario encender la bombilla.
El cuerpo de Sylvia está ahí, como siempre, desnudo y atado a uno de los postes. Su pálida piel está cubierta de cortes y quemaduras, además de diversas manchas de sangre reseca y suciedad. John y Greg se acercan a ella. Sylvia parece dormir, tiene la cabeza ladeada hacia un lado y su pelo impide verle el rostro. Cuando están a su altura se percatan del mal olor y apartan sus caras con una mueca de asco.
«Jo, qué mal huele», dice Greg. «Sí, huele muy mal», contesta John, luego apunta con su dedo y dice: «¡Mira, es que se ha cagado!» «¡Qué guarra!», contesta Greg.
John acerca el palo con la víscera enrollada hasta el rostro de Sylvia, lo coloca junto a su boca. «Mira Sylvia, comida», susurra. La chica no reacciona. John acerca el palo un poco más. Nada. Otro poco más, a la expectativa. «Syyylvia, comiiiida...». Nada. Finalmente pasa la víscera por la boca de Sylvia, la restriega contra los labios de la niña, esta sigue sin reaccionar. «¿Qué pasa? ¿Está dormida?» pregunta Greg. «Sí... No sé», contesta John. «Ahora verás.»
John deja el palo a un lado y saca el paquete de cerillas que tiene en el bolsillo trasero del pantalón. Enciende una y la acerca hasta uno de los muslos de Sylvia. Se oye un chisporroteo. Un olor a carne y pelo quemados comienzan a inundar el aire. La chica no emite ningún sonido. La piel comienza a burbujear. John se ve obligado a tirar la cerilla antes de quemarse los dedos. «¿Qué pasa John?», pregunta Greg intranquilo. «No lo sé... Voy a avisar a mamá».
John sube corriendo las escaleras y sale del sótano. Bordea la casa y entra por la puerta principal. «¡Mamá! ¡Mamá!», exclama. Se dirige al salón. Gertrude está sentada en un desvencijado sillón marrón fumando un cigarrillo, un fino hilo de humo envuelve su delgado cuerpo. John se acerca a ella. «¡Mamá! ¡Mamá!» «Por Dios John, no grites. Me duele la cabeza», dice Gertrude acariciándose la frente. «Mamá, Sylvia no se mueve.» «Estará durmiendo.» «No mamá, la he quemado y no hace nada.» Gertrude da una calada al cigarrillo y observa la pared ante ella. Coge el vaso de cristal de la mesa y se bebe su contenido de un trago. Se levanta del sofá. «¡Maldita puta desagradecida!», exclama mientras apaga con violencia el cigarrillo. Sale de la casa con paso firme y se dirige hacia el sótano, John la sigue. Descienden las escaleras. Gertrude se acerca a Sylvia: «A ver, ¡despierta niña!» La zarandea del pelo. Sylvia no reacciona. Gertrude le da un par de sonoras bofetadas. «¡Venga, despierta pequeña zorra!» Le da otra bofetada con más violencia. Greg se asusta con el sonido del golpe.
Gertrude observa a Sylvia. Aparta el pelo de su rostro. Le levanta los párpados y observa sus ojos. Suspira y se coloca la mano sobre la frente, dándose un masaje en las sienes. «John, vete a buscar a tu hermano», dice. «¿Dónde está?» Pregunta John. «¡No sé dónde esta! ¡Búscalo!» grita Gertrude. «Voy mamá.» Jonh sale a la carrera. Greg lo sigue. Gertrude se masajea la frente con movimientos circulares.


El agente Montgomery se acerca a la ventana mientras exhala el humo de su octavo cigarrillo de la mañana. Deja que el sol se pose en su rostro y observa el exterior. Ve un par de gorriones pasando velozmente de un árbol a otro. El inspector Letterman se sirve otro café, derrama parte del contenido de la jarra al hacerlo mientras exclama: «¡Joder! ¡Es que de verdad no lo entiendo! ¿Cuánta gente había pasado por allí? ¿A nadie se le ocurrió decir nada? ¡¿Por qué siempre tenemos que ser la última mierda en enterarse?! ¡Maldita sea!» «Tranquilizate Wes. Estás asustando al chaval», le indica el agente Montgomery.
John tiembla sentado en la fría silla. No sabe lo que va a pasar. Se agarra los pulgares y mordisquea su labio inferior. Quiere irse a casa.

El agente Montgomery arroja el cigarrillo por la ventana y gira sobre sus talones. Comienza a caminar. Bordea a Letterman, que en esos momentos limpia los restos de café de la mesa, y se acerca hasta John. El niño no le devuelve la mirada. Montgomery flexiona sus rodillas y pone su cara a la altura de la del chico. Este lo mira al fin. «Tenías miedo de tu madre, ¿verdad? Ella te dijo que os haría algo malo si lo contabais», pregunta con voz suave Montgomery. «No señor», contesta John asustado. «¿Entonces? ¿Por qué no dijiste nada a la policía?» «No... No sé señor...» «¿No te dabas cuenta de que le estabais haciendo algo malo a esa chica?» «Yo... Yo... Solo.. Solo estábamos jugando...», contesta John mientras baja la mirada de nuevo.


  
Relato breve escrito como colaboración para Vinalia Trippers Nº15 Healter Skelter. Número especial en el que más de 60 autores dan su visión sobre los asesinos en serie, psicópatas, políticos y demás fauna similar. Puedes informarte sobre cómo conseguir un ejemplar siguiendo este enlace:

Encontrarás una retrospectiva sobre los 20 años de Vinalia Trippers en este enlace:

martes, 29 de diciembre de 2015

UNAS LÍNEAS POR LEMMY






     Me despierto confuso, con un ligero dolor de cabeza. Miro el ordenador y resulta que lo de anoche no fue un mal sueño: Lemmy ha muerto.

    Era el año 93. Yo tenía 13 años, vivía en Móstoles y estaba empezando a descubrir un tipo de música que acabaría por acompañarme siempre. Un colega me había dejado un disco de Guns n' Roses y otro de AC/DC y desde entonces no paraba de escucharlos una y otra vez de manera obsesiva. Era algo que no había experimentado nunca, se abría un mundo nuevo ante mí, un mundo intenso y peligroso, veloz y fascinante, y ansiaba explorarlo para descubrir hasta el último rincón, aunque no tenía muy claro cómo iba a hacerlo.
     Por suerte al lado de la estación de cercanías había un viejo heavy que se ponía allí algunas tardes. Tenía unas cajas de zapatos llenas de cintas magnéticas, cassettes, con grabaciones pirata de los últimos discos del mercado, las portadas eran fotocopias y te los vendía a un precio especial. Yo, con 13 años y dependiendo del par de monedas que me daban semanalmente para chucherías, vi como una bendición aquel tráfico subterráneo, así que fui a visitar al heavy de la estación.
     Ahí estaba, con sus cajas. Me acerqué y eché un vistazo. No sabía qué cinta elegir, había un jodido montón, y la decisión era sumamente importante ya que solo podía escoger una. Podría haber pedido consejo al heavy, pero no quería parecer un chavalillo inocente e ignorante, bastante tenía con mi corta edad, quería impresionar al heavy. Así que hice como que sabía lo que estaba haciendo. No me sonaba ningún puto nombre, pero cogí una cinta al azar, observé la portada fotocopiada con interés «mmm... mmm... ahá», la dejé en su sitio y cogí otra, ni puta idea de quiénes eran, pero hacía como que sí, creo que incluso me aventuré a soltar un «no sabía que estos habían sacado un disco» que debió sonar más falso que una moneda de seis pesetas. El tipo heavy me observaba con atención. Dejé la cinta en su sitio. Tampoco iba a estar así toda la tarde, tarde o temprano tendría que escoger una y llevármela, quién sabe cuándo podría ahorrar las bastantes monedas como para comprar otra cinta pirata, la que escogiera iba a ser la que me acompañara las siguientes semanas en el walkman, la que escucharía sin parar durante días y días, era importante no cagarla. Observé los títulos y uno en especial llamó mi atención:
     MOTÖRHEAD – BASTARDS.
     Mis escasos conocimientos de inglés bastaban para traducir esa palabra y si un grupo ponía un título tan directo y «atrevido» a una de sus obras me hacía pensar que el interior valdría la pena. Cogí la cinta y observé la portada, igual de simple y directa que el título: una especie de calavera de animal de enormes cuernos sobre un fondo totalmente negro. No me lo pensé demasiado, parecía una elección obvia, «Me llevo esta» le dije al heavy, «¡Excelente elección!» me contestó entusiasmado. Sonreí, al parecer la jugada me había salido bien, había escogido sabiamente y había impresionado al heavy con mis fingidos conocimientos.
     Qué decir de lo que encontré luego cuando pude oír la cinta... On your feet or on your knees, Death or Glory, Born to raise hell, Don't let daddy kiss me, Lost in the ozone...
     Motorhead no me falló aquel día.
     Bastards está considerado uno de los discos imprescindibles de Motorhead por su calidad y eso, unido al componente personal y nostálgico que tiene para mi, ha hecho que siempre haya sido mi disco favorito de la banda. Cuántas veces lo habré escuchado desde aquel día... no lo sé, supongo que miles...
     Motorhead no me falló aquél día. Y jamás lo ha hecho desde entonces.
     Sin duda he seguido a otras bandas con más atención y pasión. Pero Motorhead siempre han sido un comodín, un sitio seguro, un viejo amigo. Puede que estuviese en una época en la que solo escuchaba thrash metal, cuando flipaba con Metallica, Megadeth o Sepultura, o cuando, ya metido en el aprendizaje de la guitarra, no escuchaba más que discos de virtuosos (Yngwie, Vai, Satriani...) pero en cualquiera de esos momentos si caía un disco de Motorhead en mis manos no dudaba en darle varias escuchas, sabía lo que encontraría en su interior, una música directa, con pasión y actitud, fiel a sí misma, sin concesiones, totalmente disfrutable en cualquier ocasión, y los cabrones nunca me fallaban.
     Eso ha sido para mí Motorhead, la banda. Luego encima está Lemmy, el personaje. Tampoco he dudado nunca en leerme alguna entrevista con él si las encontraba por casualidad hojeando una revista, he visto los documentales, he buscado vídeos. Era un tipo tan auténtico, tan honesto, con ese sentido del humor tan particular y esa visión del mundo. Lemmy era un gurú, aunque seguramente se echaría las manos a la cabeza si alguien le dijese eso. Nadie podría haber llevado esa clase de vida más que él y todo ese bagaje le ha dotado de un aura y una sabiduría que se aprecia al primer vistazo. Lemmy es Dios, dicen algunos. Sea cual sea tu grado de fanatismo puedes acercarte a alguna de sus entrevistas, escuchar lo que dice y darte cuenta de que es un vividor, un forajido, un tipo fiel a sí mismo y a sus creencias, y que seguramente tenga algo que enseñarte o algún valioso consejo para ti.
     Ahora las redes se llenan de sus citas así que lo tienes fácil para adentrarte en la filosofía Lemmy. Yo me quedo con su pasión por la juerga, las mujeres y la música (dieta a base de alcohol y defensor de las drogas, adorador de las mujeres pero en contra de los compromisos y las relaciones largas, la música como tabla de salvación) y su compromiso con su obra y sus fans (discos y giras constantes, la vida en la carretera haciendo lo que le gusta sin lloriquear, sin dramas, dándole a sus seguidores lo que querían hasta su último concierto, dolorido y a tan solo 20 días de su muerte). Solo espero que mi vida sea la mitad de interesante y honesta, con eso me doy con un canto en los dientes.
     Me enteré de su fallecimiento enseguida. Debido a una lesión en la pierna y a una gripe no he podido moverme de la cama en un par de días, así que estaba ahí tirado, enfermo, perdiendo el tiempo en Internet. Vi un par de mensajes al respecto y pensé que era un broma del día de los inocentes, una broma de muy mal gusto, pero algo no encajaba, el día de los inocentes en Estados Unidos es en abril... fui corriendo a la página oficial y allí había un comunicado de la banda subido tan solo unos minutos antes. Era cierto. Pedían que escuchásemos su música muy alto, que compartiéramos historias y brindis. Así que eso hice. Puse el Bastards a todo trapo, salí de la cama, me vestí como pude aguantando el dolor y me largué cojeando a un garito cercano a pedirme unos chupitos de Jack Daniel's. Ahora aprovecho la resaca y que voy de escritorzuelo para dedicarle estas líneas, luego tocaré alguno de sus temas. Seguramente más tarde caigan unos brindis. Su música suena en bucle en mi ordenador desde ayer y seguramente lo haga durante días (ahora mismo suena Stay out of jail). No sé si sufrió o no, pero está claro que en vida se lo pasó en grande, así que los llantos son más por lo solos que nos deja que porque haya sido una muerte injusta o inesperada.
     Tuve la fortuna de acudir al que a la postre sería su último concierto en España, en el marco del Resurrection Fest, y ahí estaba, estático y débil, cansado, pero era el puto Lemmy joder, y había ido a vernos y tocar para nosotros, ni que decir tiene que fue especial. Por suerte en esta época de Internet podemos acercarnos muy fácilmente a su obra, escuchar sus discos, leer sus letras, buscar entrevistas... Ver lo que ese viejo rockero tiene que contarnos, acercarnos a su grandeza y, con un poco de suerte, no acabar siendo unos capullos.
     Nunca habrá otro Lemmy, el mundo ha cambiado demasiado, estamos en la época de los selfies y los cientos de canales, la época de Internet, de las redes sociales... es muy difícil conservar la inocencia en estos tiempos, es muy difícil conservar la autenticidad en la época de las apariencias. Es muy difícil que algo parezca real cuando lo miras, todo parece fabricado, meditado, masticado. Eso no pasaba con Lemmy, Lemmy era real, era auténtico, y aunque algunos nunca lo imaginamos, también era mortal. Y se ha ido.

     Gracias por todo Lemmy. Descansa en paz, o haz lo que te salga de las pelotas, como siempre hiciste.

     Born to lose
     live to win.






Motorhead - Bastards: https://www.youtube.com/watch?v=nGsTnSi3pYI


Motorhead - Documental Live fast die old subtitulado: https://www.youtube.com/watch?v=mB9Ovn3A6e4&list=PL12813CB72BD61048


Lemmy - Documental: https://vk.com/video172001634_162656775

domingo, 29 de noviembre de 2015

PRÓLOGO PARA LA NOVELA SE RUEGA SILENCIO DE PEPE PEREZA





León. 5 de Octubre del 2015. Tengo treinta y cinco años y estoy intentando escribir mi primera novela. Son las nueve y media de la mañana, llevo toda la noche sin dormir. Mis horarios de sueño están alterados tras los excesos del fin de semana, si planeo llevar un horario normal entre semana que me permita terminar el jodido libro no es muy aconsejable que me acueste en estos momentos. Este viene a ser el dilema de todos los domingos por la noche. A veces la jugada me sale bien, y a veces no.
Aunque en otras ocasiones la tranquilidad de la noche me ha empujado a escribir parece ser que ahora ya no es así. No tengo ni idea del por qué. La conclusión es que la mayor parte de las noches en vela las paso principalmente meditando mirando al vacío de las paredes de esta vieja habitación o, en el peor de los casos, perdiendo el tiempo en Internet. Cualquier cosa en lugar de escribir. Y eso no es bueno. Tengo que terminar la maldita novela. Es un trabajo que me está obsesionando y consumiendo el alma. Me está destrozando por dentro. Tengo la trama en la cabeza, llegado a este punto todo se limita a una labor de redacción. Pero es tan jodido...
Quizás esté intentando abarcar demasiado. Quizás me esté tomando a mí mismo demasiado en serio. Siempre me pasa igual, me creo que estoy escribiendo la biblia o algo así. Y a fin de cuentas, ¿para qué? Si llega el día en que mi novela esté terminada será leída por un puñado de personas, con suerte, con mucha suerte, un par de cientos. Casi todo amigos y conocidos que me dirán con una sonrisa que no me ha quedado mal, que está curioso, que está bien escrito, cuando por dentro estarán pensando «pobre chaval, se le ha ido la cabeza del todo. Es entrañable, pero va a acabar en un manicomio»
La puta vida del escritor alcohólico y drogadicto. Suena romántico, fascinante, seductor, atrayente... pero eso son adornos que ponen una vez que has muerto y si te ha llegado la fama. Desde aquí os puedo asegurar que no hay nada de todo eso. En realidad es una mierda. Un agujero silencioso y que se cae a pedazos. Como esta vieja habitación.
Me levanto a mear. Atravieso el largo pasillo, el mismo que servía de portada a mi primer libro, una colección de relatos que pasó sin pena ni gloria por el panorama editorial. Intento no hacer ruido para no despertar a los moradores del resto de habitaciones. Menuda colección de perdedores hay aquí, cada uno en su agonía personal y espiritual. Al menos ellos no se auto torturan intentando escribir una puta novela...
Hay luz en la habitación número tres. El tipo que se ha metido a vivir ahí es fascinante. Un treintañero delgado y larguirucho que se pasa las veinticuatro horas ahí dentro encerrado, solo. Lo ves pasar de vez en cuando al baño, pero poco más. ¿Qué coño hará ahí dentro? Quizás planea asesinarnos a todos... Pego la oreja a su puerta como si fuese una vulgar maruja. No se escucha nada. Tras un rato de absoluto silencio un suspiro y el leve ruido de la silla al moverse. Eso me indica que está ahí, que está vivo y que planea matarnos a todos. Luego de nuevo el silencio.
Prosigo mi peregrinaje al retrete. Levanto la tapa y evacuo. Me tiro un pedo tímido. Tiro de la cadena y deshago lo andado.
De nuevo en la habitación. Debería escribir, debería terminar esta mierda. Pero no me apetece hurgar en ciertas heridas, acudir a ciertos recuerdos, no ahora...
Mientras tanto el tiempo y la vida pasan. Y lo hacen rápido. Cada vez que miro el calendario no me lo puedo creer. Los días caen tan deprisa... Me da la impresión de no estar enterándome de nada. Seguramente así sea teniendo en cuenta que me paso una mitad del tiempo pedo y la otra resacoso. Llevo unos meses cayendo por un pozo oscuro. Se jodió todo tanto... historias de amor y desamor, el rollo de siempre... en fin. En cualquier caso lo cierto es que la cosa va rápida, los días caen como guillotinas. Se me escapan entre los dedos y puede que no me quede mucho tiempo. La idea de la muerte me obsesiona últimamente. Es posible que solo sea la paranoia debida al abuso de drogas, pero puede que no...
El caso es que el reloj de arena está dado la vuelta y los granos caen. Tengo que terminar la novela. Seguramente sea el único testigo mudo de mi paso por aquí. Me recito el mantra: terminar la novela, terminar la novela, terminar la novela...
Encima el otro día me endosaron un marrón, también relacionado con este rollo literario y que es lo último que necesito en estos momentos. Tengo que escribir un prólogo para la primera novela de Pepe Pereza. Y encima el cabrón solo me ha dado unos días de margen. Venga, más presión.
Pepe es otro escritor de pacotilla, otro ingenuo. Nos conocemos hace unos años, por eso de que somos «coleguillas de gremio», en fin... Al menos Pepe es bastante más auténtico que la mayoría de los que he conocido dentro de la farándula artístico/literaria. Y encima escribe bien, cosa extraña en dichos ambientes. Nos mandamos mensajes de vez en cuando. Alguna vez le he escrito, a las tantas de la madrugada, en momentos jodidos, cuando el bajón y el ansia de la coca hacen que te sientas la persona más abandonada del mundo y necesitas comunicarte con alguien, aunque sea solo a través de un misero mensaje de texto. Lo que se dice un grito de auxilio en mitad del desierto.
En su día también le pedí que prologara mi libro de relatos. Lo hizo. Y supongo que ahora me devuelve la pelota, el muy cabrón...
¿Y qué cojones hago? No me gustaría escribir el típico prólogo insulso, el rollo de siempre:

 «La escritura de Pepe es directa, precisa, afilada. Se nota perfectamente su mano obsesiva cincelando cada párrafo, dejándolo libre de cualquier impureza. Dando como resultado una escritura sin fisuras, sin añadidos innecesarios, recordándonos en muchos momentos al gran Carver, con un poso de agonía y pesimismo que nos acercan también a Hubert Selby Jr...» 

 Venga coño. No me jodas. Paso de hacer algo así. Pero por otra parte estoy bloqueado. Además, ¿para qué un prólogo? En el mejor de los casos mancharé el texto original de Pepe, afeándolo como si fuese un grano en la nariz de un adolescente el día de su primera cita.
Me pasó el libro, me lo leí y es fabuloso.
Cuando conocí a Pepe no había publicado nada formalmente, solo tenía un libro de relatos editado digitalmente dando tumbos por Internet. Poco después editó su primer libro de relatos. Un libro bastante notable. Luego revisó aquella primera publicación digital y la sacó también en papel. Era un libro bueno. Pero esto ya es otra cosa. Es la primera novela. Es un paso importante para un escritor. El siguiente peldaño.
Ya sabía más o menos lo que me iba a encontrar, conozco la obra de Pepe bastante bien. Leí con atención sus otros libros y también extractos de esta novela que iba publicando en su blog. Alguna vez por privado me comentaba lo mal que lo estaba pasando escribiendo esto, estuvo a punto de tirar la toalla un par de veces. Pepe es un escritor especial, de esos que se sientan en silencio, fumando, de brazos cruzados, leyendo una y otra y otra vez cada puto párrafo para asegurarse de que ese puñetero verbo tiene que estar ahí y no en otro sitio. Seguro que es un rollo muy angustioso. Lo mío es más verborrea, vomitona que diría Xen. Pepe es tirando a artesano, y en la novela lo demuestra con creces. No en vano es un trabajo que le ha llevado casi tres años. Mientras la leía, metiéndome en el papel de «coleguilla del gremio», no podía evitar pensar cada poco qué cabrón, qué cabrón, es bueno...
Lo que me sorprendió (y acojonó) fue la temática. Pepe es algo mayor que yo, pero el protagonista de su novela es un tipo de treinta y cinco años que está escribiendo su primera novela. Un perdedor sin un duro en los bolsillos, encerrado en una casa cochambrosa, obsesionado por los ruidos de sus vecinos que no le dejan concentrarse en lo único que de verdad importa: acabar la puñetera novela. 
Mierda, todo me sonaba demasiado familiar, eso demuestra que muchos estamos en la misma olla pestilente... Ignoro que porcentaje de autobiografía y que de ficción habrá en la historia, será un poco de ambas seguramente, como hacemos algunos. Estuve tentado de preguntárselo, pero creo que prefiero conservar ese misterio. Terminé el libro en seguida y la sensación fue sin duda inmejorable. Tenía claro que era un gran libro y que estaba muy bien escrito. Una novela estupenda. Y ahora me tocaba el marrón de prologarla...
Me levanto y me acerco a la ventana. Amaneció hace un rato. Hoy es festivo pero la gente ya se va poniendo en marcha. La gente... espero no tener que interactuar demasiado con ellos hoy, no siempre es algo agradable pero encima sin dormir se vuelve particularmente extraño, con un deje surreal... 
Puto prólogo... mientras observo a los transeúntes y su agonía desde mi ventana repaso la novela de Pepe en mi mente, buscando cosas que decir sobre ella. Estaría bien que fuese un texto en cierta medida complementario. Sobre todo no quiero que parezca que intento venderla, no lo necesita. A mí me ha llegado especialmente, pero no hace falta tener treinta y cinco años y estar escribiendo una novela para disfrutar del viaje, cualquiera que guste de un buen libro y una buena historia sabrá ver su valor.
Me alejo de la ventana y vuelvo al sofá. Me doy cuenta de que ya entra bastante luz del exterior y a pesar de ello tengo la bombilla de la habitación encendida. Me levanto a apagarla. Puta factura de la luz, putos ladrones, puta miseria...
Vuelvo al sofá y me tumbo, pongo música y observo la pared, hago un recorrido desde ahí: los pilares de libros, la ropa tirada, la guitarra, los ceniceros rebosantes, todas mis miserables cosillas...
Entonces me viene. Me cago en la puta, ya era hora, justo a tiempo. Abro una página en blanco en el procesador de textos. Malditas páginas en blanco. Te vas a cagar cabrona.
A ver si hay suerte y despacho el texto pronto y puedo dedicarme a acabar mi jodida novela, necesito sacarla de dentro y arrojarla lejos. Me pongo al teclado y escribo:
León. 5 de Octubre del 2015. Tengo treinta y cinco años y estoy intentando escribir mi primera novela. Son las nueve y media de la mañana, llevo toda la noche sin dormir. Mis horarios de sueño están alterados tras los excesos del fin de semana, si planeo llevar un horario normal entre semana que me permita terminar el jodido libro no es muy aconsejable que me acueste en estos momentos. Este viene a ser el dilema de todos los domingos por la noche. A veces la jugada me sale bien, y a veces no.



Prólogo para la novela Se ruega silencio de Pepe Pereza.
Puedes conseguir un ejemplar en las mejores librerías o en la página web de la editorial:

http://www.edicioneslupercalia.com/






Blog de Pepe Pereza:

http://pepepereza.blogspot.com.es/

lunes, 2 de noviembre de 2015

jueves, 30 de julio de 2015

MARTES SOBRIO


A G. y a R.



Dos colegas llorándome

a las tantas de un martes
a las tantas
de un puto martes
dos colegas llorándome
por distintas lineas
por distintas vías
contándome sus penas
a lo lejos



Yo hoy no me he puesto.

Mañana
quizás sí



mañana

quizás sí.



Ahora tengo

dos colegas llorándome
a lo lejos.
Cada uno
a lo suyo,
en cada infierno
su San Pedro:
Heroína
Speed
Cocaína
(esta es la mía)



Pero yo hoy no me he puesto,

mañana
quizás sí



hoy estoy cuerdo,

así que los intento apoyar
calmar
consolar
porque conozco el sendero
conozco el percal
sé cómo se sienten:



esos putos martes noche

enchufado
con las paredes apretando
sin nadie con quien hablar
y nada vale nada
y con mi vida no hago nada
y todo es una mierda
y estoy perdido sin remedio
y tengo el demonio dentro
y esta es la última
y ya no más
y la cagué
y ella se fue
y ella se fue
y ahí está
mirándome.
Quizá otra más
otra más
solo otra
para el dolor
y tal...



¿Por qué hacemos esto?

¿Por qué subimos a esta rueda?
Quien sabe...
dulce autodestrucción.



El ruido del barrendero

pasando la manguera.
Ahora
la suciedad está dentro,
tras el espejo.



Esos putos martes noche

enchufado
solo
en la rueda
nadie con quien hablar
el temblor de pierna
la tele que dice cosas sin sentido
para variar
el demonio dentro y
las putas voces
detrás.
Venga va
un poco de musiquita
y uno de maría
pa relajar.
Nada de beber
nada de fiesta
nadie a tu lado
solo el demonio
y las voces
detrás.
¿Cuándo baja esto?
Tiene que ser la hostia poder dormir.



Aquí estamos colegas

en las mismas
aunque por distintas lineas
por distintas vías
en las mismas.



Pero yo hoy no me he puesto.


Mañana
quizás sí

Hoy estoy cuerdo.

Les digo:
Tranquilos
ya pasará
ya bajará
no os agobiéis
no todo es tan malo
no estáis
tan mal
tranquilos.

Ya sabéis:
si me necesitáis
aquí estoy,
como espero
estéis
vosotros
mañana
colegas
porque yo hoy no me he puesto
pero mañana sí



joder

ya te digo



mañana








domingo, 31 de mayo de 2015

LOS CUADERNOS NEGROS (Arranque)








     Cuando abrió la puerta la vio ahí, de pie en el umbral, la chica a la que había amado durante los últimos cuatro años.
     Se miraron. Miles de besos, de caricias, de orgasmos, de te quiero...
     Pudo notar la tensión y la incomodidad en el aire. Sopesó durante un instante en darle un par de besos, aunque fuese en la mejilla, pero desechó la idea al momento. Lo mejor sería acabar con el trámite cuanto antes y de la manera menos dolorosa posible.
     -Hola -fue lo que consiguió balbucear.
     -Hola. Acabemos con esto, tengo prisa -dijo ella mientras atravesaba con decisión la puerta sin esperar respuesta alguna.
     Se dirigió al salón. Él reaccionó, cerró la puerta e hizo lo propio. Volvió rápidamente a colocarse frente a ella procurando aparentar firmeza e intentó buscar sus ojos. Ella cruzó los brazos y echó una rápida ojeada a su alrededor, buscando sutiles cambios en el entorno, buscando pistas. Luego clavó sus ojos en los de él.
     Aquella mirada le heló el corazón. Una mirada cargada de odio y desencanto.
     El odio estaba parcialmente fingido, parcialmente, reconocía esos pequeños matices en su cara que mostraban que se intentaba hacer la fuerte. Lo malo era el desencanto, porque no estaba fingido ni exagerado, era absolutamente real. Percibió todo el agotamiento de esa pesada carga de la que pretendía librarse de forma definitiva en aquel preciso momento. Él se acojonó, su mente empezó a titubear. Replegó la barrera relajando su facciones y se dispuso a preguntarle ¿qué tal estás? Pero no le dio tiempo, ella habló primero.
     -¿Dónde están mis cosas?
     -Las tengo en la habitación.
     -Tráemelas por favor.
     -Sí, claro.
     Obedeció y fue rumbo a la habitación. Por algún motivo no se sentía cómodo dejándola a solas en el salón. El ordenador estaba encendido, pero no había nada en él que pudiese causar un conflicto, no había pestañas con porno ni estaba chateando con alguna zorra. Tampoco tenía nada que ocultar, ningún objeto extraño de alguien extraño, ni restos de fiesta desenfrenada. Pero aún así no se sentía cómodo. Intentó darse prisa, cogió la maleta del armario y volvió al salón. Ella seguía exactamente igual a como la había dejado.
     -Aquí tienes -dijo posando la maleta a sus pies. Ella miró el bulto con indiferencia.
     -¿Está todo?
     -Claro -mintió.
     -Gracias.
     -De nada.
     Se miraron sin saber qué hacer a continuación. Era igual que una puta partida de ajedrez, había que planear cada jugada concienzudamente, cualquier gesto, cualquier palabra debía ser meditada de antemano. La tensión le sobrepasó, se quedó en silencio y aguardó a que fuese ella la que moviese ficha.
     -El ordenador.
     -¿Qué le pasa?
     -Quiero ver cómo borras nuestros vídeos.
     -¿Qué dices?
     -Sabes perfectamente de lo que hablo.
     -¿Qué?
     -Los vídeos, quiero ver cómo los borras delante mío.
     -¿Qué te pasa?
     -Vamos, ahora -le lanzó una mirada desafiante. Él la aguantó, no pensaba achantarse, no en esto, por ahí no pensaba pasar.
     -Ni de coña.
     -Vamos. Borralos, ahora.
     -A ver... Para empezar no me des ordenes ¿vale? Estás en MI casa.
     -Pero soy yo la que sale en esos vídeos, y no quiero que los tengas, así que quiero ver cómo los borras ahora mismo.
     -¿Pero qué dices tía? ¿Se te ha ido la olla? -Retrocedió hasta el sofá, cerca del ordenador, para protegerlo. Se sentó y se encendió un cigarrillo-. ¿Qué crees? ¿Que voy a subirlos a Pornhub o algo así? Venga tronca.
     -Me da igual. No quiero que los tengas.
     -Joder, no voy a subirlos a ninguna web porno ni voy a enseñárselos a nadie ni nada de eso, sabes que no soy así, puedes estar tranquila.
     -No es eso. No quiero que los tengas... Y, sobre todo, no quiero que los veas.
     Vaya, eso había sido duro.
     Se quedó en silencio, pensativo. Dio una calada. La miró. Expulsó el humo.
     -No... No, no pienso hacerlo.
     Ella apartó la mirada y suspiró agotada. Reunió fuerzas y volvió a mirarle.
     -Borralos, te lo pido por favor.
     -¡No te jode, borra tú los tuyos!
     -Lo haré, no te preocupes.
     -Pues voy hasta tu casa a ver cómo los borras y luego yo borro los míos.
     -No digas tonterías, cuando salga por esa puerta no tengo intención de verte nunca más.
     Segundo derechazo al rostro, el púgil se debate confuso contra las cuerdas, recibe instrucciones de la esquina.
     -... Pues no, no pienso borrarlos, son míos.
     -Joder Alex -descruzó los brazos al fin y los colocó sobre sus caderas, suspiró nuevamente y buscó la calma en la ventana que daba al exterior.
     -Son recuerdos joder, yo no te pido que borres mis mensajes o que me devuelvas los regalos.
     -No es lo mismo.
     -Sí es lo mismo.
     -No es lo mismo ni de coña.
     -Pues por ahí no pienso pasar tía, ni de coña, no pienso borrarlos, son mis recuerdos, no haber dejado que los grabase. Ahora fue él quien cruzó los brazos aparentando autoridad, pero no resultaba tan convincente como ella.
     -¿Para qué los quieres?
     -¿Cómo que para qué? Esa no es la cuestión. Puede que esto se acabe, pero no dejaré que borres su rastro como si no hubiera existido.
     -Bueno, haz lo que quieras -se agachó para recoger la maleta.
     -¿Te vas ya? -dijo extrañado. No pensaba que ella fuese a darse por vencida tan rápido en el asunto de los vídeos, y tampoco estaba seguro de querer que se fuera.
     -Sí, no me queda nada por hacer aquí.
     -Espera, te acompaño a la puerta.
     -No hace falta.
     Alex dejó el cigarrillo en el cenicero y la siguió. Al cruzar la puerta ella se giró y se miraron una vez más, quizás la última.
     -Cuídate mucho Alex.
     -Sí, tú también.
     Finalmente se impuso la tristeza en los ojos. Antes de que el silencio se hiciese incómodo ella le dio la espalda y comenzó a bajar las escaleras rumbo al portal, cargando con esa maleta donde se amontonaban cuatro años de relación. Él la observó desde la puerta. Su pelo negro cayendo por la espalda, sus hombros, sus brazos, la puta maleta. Cada peldaño que los alejaba era como un martillazo. ¿Era así como acababa? ¿Cuál era la jugada para no acabar con un rey decapitado? Ella seguía bajando, cada paso un poco más lejos, un poco más lejos.
     Déjala partir, es lo mejor para ambos.
     Pero no pudo, fue tras ella acortando peldaños y agarró su hombro. Ella lo apartó de una forma que simulaba ser violenta.
     -Espera... Espera joder, vamos a hablar.
     -Ya no hay nada de que hablar.
     -Venga, no seas así.
     -Se acabó.
     Y continuó bajando. Él se quedó quieto, observando en silencio, hasta que desapareció de su vista.
     Volvió a entrar en casa. El silencio era extraño. Fue hasta la ventana del salón y se asomó al exterior. En la calle hacía frío. En la calle había ruido. En la calle la gente iba de un lado para otro. Intentó encontrarla entre la maraña. Necesitaba verlo, quería esa imagen sin saber por qué. La vio. Cargando con la jodida maleta. Ahí, en mitad de la calle, en mitad de la jungla, le pareció el ser más indefenso del mundo, tan frágil en el mar de asfalto... Quería saltar por la ventana y llegar hasta ella atravesando el aire, como un jodido superhéroe, como un caballero alado, como todo lo que nunca había sido. Quería olvidar la mierda, empezar de nuevo, abrazarla y decirle que todo iba a salir bien esta vez. Mentiras a uno mismo. Nada de eso iba a pasar. Ella de lo que debía protegerse era de él, y él era el que estaba jodido sin remedio ya que ahora estaba a merced de sí mismo, de sus demonios. Lo sabía, y por eso estada aterrado, aterrado de verdad.
     La siguió con la mirada.

     Ella no titubeó en ningún momento, no giró la cabeza ni una sola vez. Simplemente se fue.

      ¿Qué había que hacer ahora?
     Cerró la ventana y volvió al sofá. El cigarrillo que había dejado se había consumido por completo, al rozar el filtro la larga columna de ceniza se desmoronó en el cenicero.
     Suspiró, intentó asimilarlo. Se encendió otro cigarrillo. Dio un par de caladas. No sabía a nada. Lo posó en el cenicero y se incorporó. Caminó por el pasillo hasta la habitación. Al llegar a ella se quedó parado en el umbral. Miró la cama y la vio, estaba ahí tumbada, de espaldas, tapada con el edredón hasta los hombros, llevaba su camiseta verde de pijama y dormía plácidamente, se apreciaba débilmente su respiración acompasada meciendo el edredón.
     Mierda, la cosa empezaba rápido.
     Entró en la habitación y se dirigió hasta el armario intentando no mirar hacia la cama. Abrió la puerta. Había un hueco, el hueco en el que estaba la maleta, la maleta con sus cosas, sus cosas... Mierda... Intentó no mirar en esa dirección tampoco, intentó no ser presa de la angustia, mantener la cabeza fría. Alzó los brazos y cogió el tarro de cristal, lo abrió. El aroma lo inundó todo. Era una marihuana cojonuda. Agarró un cogollo gordo y crujiente y salió a la carrera de allí.

     Empezó a torturarse con recuerdos. La maría pegaba. Por efecto de ambos empezó a entrarle la ansiedad. Empezó a faltarle el aire, tragar la propia saliva se tornaba dificultoso.
     Se puso en pie y empezó a vagabundear por el salón sin saber bien qué hacer. Miraba el móvil. Miraba por la ventana. Miraba a su alrededor, buscando algún tipo de respuesta que no llegaba mientras luchaba contra la ansiedad y la marea de sentimientos contradictorios que se confrontaban en su interior. Y coronándolo todo su imagen. Ella. Una y otra vez en su mente y su entorno.
     Se recostó en el sofá. Empezó a tocarse la cara como si se secara un sudor imaginario. Suspiró. Se incorporó y fue hacia la ventana. Miró al exterior. Todo seguía su curso normal, todas las historias avanzaban sin tocarse. Sus movidas y su sufrimiento eran insignificantes en la inmensidad del mundo, incluso eran irrelevantes en la intimidad de su calle. Nada parecía haber cambiado, nadie miraba en su dirección e inclinaba la cabeza como muestra de apoyo, el cielo no se oscurecía para acompañar su melancolía, no había minutos de silencio. Todo seguía igual. Y todo había cambiado.
     Fue hasta la habitación y abrió el cajón. Accedió a la parte de atrás, donde guardaba la coca. Cogió la bolsita y la pesó en la tana. Le quedaban 4,69 gramos. Se los llevó al salón. Se sentó al borde del sofá y acercó la mesa hasta él. Abrió el cierre y observó.






Extracto de la novela LOS CUADERNOS NEGROS de Carlos Salcedo Odklas. Próximamente.

sábado, 28 de febrero de 2015

REGRESIONES





     Ahí fue donde empezó todo.
Eso es lo que pienso cada vez que, por lo que sea, paso frente a la clínica San Francisco.
Ahí fue donde empezó todo.
Ahí fue donde empezó el viaje, el juego. Ahí fue donde vine al mundo, llorando, desnudo, asustado, como todos. Sigo mi camino en este día frio y lluvioso, el primero que nos pone en nuestro lugar y nos recuerda que el temido invierno leonés se acerca implacable para envolvernos de nuevo. Final y principio. Paso por el comedor social, al lado de la catedral, lugar que me ha puesto en contacto con todos los vagabundos de la ciudad. Continuo hasta llegar a Santo Domingo y al Hogar de los Malditos, donde habito, donde me encierro y abordo la lectura del libro de Vicente Muñoz Álvarez, Regresiones. Y voy recorriendo las mismas calles nuevamente, en otro tiempo y lugar, en otra piel, pero las mismas calles. Y es imposible desactivar las neuronas espejo y yo también acudo a mis regresiones, y me sorprendo, y sonrío, y hago conexiones.
León. Ciudad de nacimiento y enclave estratégico en mi vida. Una vida a caballo entre Madrid y León y León y Madrid, la vida que me tocó, idas y venidas, mudanzas y mudanzas, cambios de colegio (6 distintos solo para la EGB) que me han hecho lo que soy, un zumbado de mierda. Madrid y León y León y Madrid. Pero lo que ha distinguido a León es que siempre ha sido el germen de algo. Ya he dicho que aquí empezó todo. También aquí fue donde, en mi primera juventud, decidí que quería ser dibujante de cómics. Junto a mi colega Ernesto pasaba días y días dibujando sin parar. Soñando ambos con historias y personajes, buscando influencias y descubriendo tesoros. Hoy Ernesto está comido por la esquizofrenia y pasa los días mirando al infinito en la terraza de algún bar, dejamos de dibujar hace años.
También aquí decidí que quería ser estrella de rock y obligué a mi madre a comprarme una guitarra eléctrica en una tienda de música ya desaparecida. Nunca lo logré, pero sigo tocando en casa cuando me siento abatido.
También aquí decidí empezar a escribir hace no mucho, y busqué a Vicente por los garitos para que me diese su consejo. Acabé dando con él en el CCAN, mítico antro, punto de encuentro de almas inquietas, lugar que nos arrebataron también hace unos años.
Cuando acudes a las regresiones ves que todo se te arrebata poco a poco, la erosión despiadada de la vida y las cosas, ves el derrumbe de los sueños, la gente que en algunos momentos fue indispensable hoy se funde en negro, el caer cruel de los días y los años. Y quizás esa pena al sentir la arena resbalando entre los dedos es lo que hace querer aprisionarla, aprisionarla aquí, por ejemplo, en una apuesta suicida por la literatura. Porque mañana puede que haya un aparcamiento en la plaza del grano, o un centro comercial en el parque de San Francisco, o quizás solo haya ruinas y silencio en todas partes, y no es justo porque son nuestros recuerdos, somos nosotros, sin saber siquiera si hay algo más, y el instinto de supervivencia nos dice que no deben morir. Es el aullido del escritor y el aullido del escritor autobiográfico es su mente y despellejarse siniestramente su sino, manchando las paredes de su ciudad.
Yo suelo referirme a esta ciudad como La Telaraña. Una ciudad hermosa y acogedora pero a la vez un agujero, sobre todo para los jóvenes que están deseando largarse debido a sus escasas posibilidades de trabajo. Una ciudad que es imposible no amarla y odiarla a un tiempo. Un pozo. Una cárcel en definitiva. Una cárcel como la del juego de la oca (que según la teoría templaria simbolizaría a León), lugar de encierro y redención. Una cárcel, como la antigua e imponente cárcel de San Marcos, símbolo de la ciudad, situada tan cerca de donde vivía ella, a la que también perdí y por la que llevo días jodido.
Siempre nacemos en una cárcel, luego toca escapar como sea.

Y se cierra el círculo. León, cárcel, agujero y llanto. Recuerdos, regresiones que vienen y van y un cofre donde guardarlas. Aullido en papel. Nacemos (aquí o allí) asustados y confusos, llorando y gritando, algunos seguimos así.  



Texto escrito como colaboración para el epílogo coral del libro Regresiones de Vicente Muñoz Alvarez. Para adquirir una copia sigue el enlace: