Masaccio: Adán y Eva expulsados del Paraíso.

miércoles, 17 de mayo de 2017

LOS CUADERNOS NEGROS (EXTRACTOS)





"Alimentados por el odio y la excitación del campo de batalla los soldados rebanaban las cabezas de los prisioneros no solo sin titubeo alguno, sino con alegría y deleite. Podías oír el burbujeo de la sangre al ser cortado el cuello, imposibilitando la llegada de ésta a la cabeza, sangre que se expandía por el suelo polvoriento, tiñéndolo de un rojo oscuro y espeso. La víctima temblaba asustada mientras oía los cánticos y apreciaba la separación de sus tejidos en unos minutos que sin duda serían agónicos y absurdos. A veces la cabeza cercenada, al ser expuesta a la cámara, te sorprendía con algún último tic labial o movimiento de ojos. Llegó a un vídeo de una ejecución grupal. Eran doce tipos arrodillados, puestos en fila en mitad de un paraje desértico. El verdugo se acercaba al primero. Daba un pequeño discurso a la cámara, agarrando del pelo al prisionero y blandiendo el cuchillo. Sin duda sería algún tipo de amenaza hacia quienes creía le estaban agraviando. Tras la letanía empujaba a la víctima contra el suelo, apoyaba su bota contra la espalda del prisionero y elevaba su cuello agarrándolo por el pelo. Luego cortar y cortar. El prisionero se debatía inútilmente, asemejando los movimientos de un vulgar gusano. Cuando la última tira de piel era cortada el verdugo enseñaba triunfalmente la cabeza a cámara. Veías la última mueca alocada del prisionero, cáscara vacía ya. Y pasaba al siguiente... Así uno tras otro... Los prisioneros estaban resignados. No los veías quejarse, ni luchar por su vida, ni intentar escapar, aceptaban su muerte y esperaban su turno mientras escuchaban los gimoteos ahogados de sus compañeros y olisqueaban la sangre caliente derramada por el suelo. «Venga, será un momento, queda poco ya...»
¿Qué los había llevado hasta allí?"



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Las sucursales bancarias eran lugares tranquilos, limpios y civilizados, nada permitía adivinar los abusos y atrocidades que se cometían en el interior de sus paredes. Los clientes guardaban cola de forma ordenada y cortés, en silencio, observando sus teléfonos móviles en busca de algún comunicado intrascendente que los alejase de la realidad. Eran un rebaño manso, bien enseñado. De vez en cuando aparecía algún directivo de rostro reptiliano enfundado en su brillante traje, serpenteando de una oficina a otra sin mirar ni a plebe ni a subordinados. 

La cola avanzaba lentamente. La gente, a medida que se aproximaba a la ventanilla, manoseaba su dinero a escondidas mientras echaba cuentas mentalmente, trazando complicados logaritmos, para evaluar el estado de su bienestar. Los carteles situados de forma estratégica en las paredes prometían sueños al alcance de todo el mundo a través de la esmaltada sonrisa artificial del deportista de élite de turno (que por esa sesión de fotos había cobrado más que el jornal anual de todos los presentes). 
«Nuestro objetivo es tu bienestar. Nuestra experiencia tu confianza»
Alex empezó a sentir una enorme angustia interior y un sofoco generalizado de su cuerpo. Procuró relajarse, respirar de forma controlada y fijar su mirada en el peinado de la señora de avanzada edad que tenía delante. Una señora menuda, con cuerpo en forma de botijo, el pelo estropajoso a causa de décadas de potingues, con hijos, con nietos, trabajadora, pensionista, marchita, estafada.
«Ayudarte es nuestro privilegio. En nuestras manos tu tranquilidad está asegurada»
La ansiedad envolvía rápidamente a nuestro héroe silencioso, unas espesas gotas de sudor resbalaban por su frente a la par que su cuerpo se hallaba bombardeado por multitud de pequeños espasmos. 
La cola avanzó otro puesto por lo que tanto él como la señora pudieron dar un par de tímidos pasos hacia adelante. Se observó los pies mientras lo hacía. Derecha, izquierda, derecha. Volvió a detenerse. La señora suspiro, quizás consciente de alguna forma de los ojos fijos, vidriosos y enajenados que se posaban en su cogote. Alex se pasó la mano por la frente para secarse el sudor. Volvió a observar a su alrededor. Los trabajadores trajeados de las mesas blandían impresos ante las miradas huecas de sus confundidos clientes. Se desenfundaban bolígrafos. Se extendían sonrisas. Se estrechaban manos. Se tramaban pactos. Se urdían planes. 
Alex comenzó a notar la preocupante falta de aire. Carraspeó un poco, intentando no hacerse notar demasiado, no revelar su presencia. La situación era totalmente insoportable, violenta, incómoda, horrible. La señora del pelo de estropajo sin duda era una buena mujer, una madre comprensiva y temerosa de Dios. Sopesó la opción de confesárselo todo y buscar su ayuda, no tenía más que acercarse y decirle con total naturalidad: «disculpe señora, ¿le importa que me cuele en la fila? Es que verá, llevo un pedo de la hostia y no sé si podré aguantar esto por más tiempo». Sin duda una persona como ella, cabal y tolerante, podría entenderlo.
«Creemos en los jóvenes. Creemos en ti. En esta cuenta tus sueños cuentan»
En ese momento surgió una voz.
-¡Pasen por esta ventanilla por favor!
Un nuevo trabajador, enviado sin lugar a dudas por el mismísimo Espíritu Santo, acudía para agilizar el tráfico de clientes. La señora y Alex se miraron a la cara por primera vez, desconcertados. A pesar del colocón, o quizás gracias a él, Alex pudo reaccionar en primer lugar y con un par de amplias y desesperadas zancadas se colocó en esta nueva ventanilla. Frente a él una chica de pelo oscuro esbozaba una blanca sonrisa.
-Buenos días caballero, ¿en qué puedo ayudarle?

-¡Para pagar!"



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El sentido del humor. Esa era una de las claves. Era uno de los asideros importantes. La mierda siempre va a estar ahí, rodeándonos, y siempre va a ser apestosa, pero saber afrontarlo con humor, reírte de todo ello, siempre iba a ser una victoria destacada. ¿Qué hay verdaderamente grave? ¿Qué hay verdaderamente importante? Esto siempre fue un juego, la vida, una broma pesada, puro humor negro. Una buena carcajada a tiempo siempre confundirá a nuestros enemigos, precisamente porque ellos se apoyan en el miedo, es su juego, y el humor indica falta de miedo. Mirar a la muerte a la cara y partirte el culo de su aspecto cadavérico antes de que te siegue con la guadaña. El humor es una de las formas más accesibles que tiene el ser humano para modificar la realidad que lo rodea, porque la realidad es maleable, nuestra visión y concepción del mundo es lo que le da entidad. Incluso aunque el motor del mundo sea el sufrimiento, la destrucción y el caos, el humor puede adornar el lienzo para hacerlo llevadero. El humor derivado del conocimiento de la finitud y la poca importancia de la mayoría de actos dentro de la enorme broma cósmica. Saber (no solo poder) reírse de todo y todos siempre será una victoria. Ante una adversidad el sentido del humor puede ser determinante para optar por el suicidio, el asesinato o la carcajada. Es algo a tener en cuenta. Sin sentido del humor el ser humano está perdido.








Extractos de la novela LOS CUADERNOS NEGROS de Carlos Salcedo Odklas. Próximamente...

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